Saco esta mañana de domingo fuerzas del sol que tenuemente
vislumbro a través de la persiana, de los alegres gritos de niños que juegan en
el parque y una brisa benévola me trae, fuerzas que no tengo pero que invoco y
escribo algo que tal vez sea un error, que me aleje de vosotros, que constituya
una decepción a quienes me decís palabras dulces que saboreo para desterrar la
amargura, con la cabeza apoyada en la flacidez sempiterna de mi almohada.
No me juzgueis sin piedad ni clemencia, por favor os lo pido.
No me juzgueis sin piedad ni clemencia, por favor os lo pido.
Sea lo que sea os debo una explicación aunque dura,
aunque me desgarre su recuerdo y sus secuelas, aunque desde entonces yo no soy
yo, no sé quién soy.
Cuando una está tanto tiempo y tan enferma como yo, la
esperanza se convierte en un trémolo cada vez más engañoso, más remoto, más
incrédulo. Ideas dolorosísimas te sobrecogen: que eres una inutilidad para los
tuyos, un lastre inmundo, una carga insoportable. Y tienes miedo de perder la
lucha a fuerza de rendirte en cotidianas batallas.
Entonces la soledad que es la antesala de la muerte te cubre
con un manto viscoso que convierte tu cuerpo en una masa gélida e informe.
La soledad vino a verme un sábado por la noche con una
fiebre infame que me llevó a pensar con simpatía en la muerte.
Sentada en mi cocina, hacía frío, el frío eterno de ciertas madrugadas tenebrosas porque en el vestíbulo del averno, nunca amanece.
En el hueco de la palma de una mano temblorosa acumulé decenas de pastillas
de colores, como caramelos infernales y de alegría hipócrita y diabólica. En la
otra mano, una botella de gaseosa.
Cuando caí en la inconsciencia estaba rezando por mis hijos
a los que abandonaba, infiel y cobarde pero tan cansada que la fatiga nubló mi
entendimiento y quise morir para reposar bajo el ciprés que como dijo el
maestro Delibes es de sombra maternal y alargada.
Tras cuatro días de agonía, el Creador no quiso llevarme, me
dejó aquí, supongo que enfadado conmigo por disponer a mi antojo trágico y arbitrario de su
supremo bien preciado que es la vida.
Y no puedo más pero aquí sigo, refugiada en la penumbra de
mi cuarto. No hay primavera para los suicidas torpes y fallidos.
Una vez fui valiente y sonriente y alegre y divertida ¿Dónde
está esa mujer que se bebía la vida a sorbos espumosos?
Supongo que tengo que esforzarme por reencontrarla. Es mi yo
y a mi yo me debo para abrazarlo regocijada de reconocerme cuando vuelva a
quererme, si algún día soy de nuevo merecedora de mi propia existencia, hoy tan
en entredicho porque si tengo que morir que muera en mitad de un sueño de nubes
y de cirros azules celestes y vertiginosos.
Sin esta dilación que me consume,diaria ruleta rusa que me agota.
Es un incidente que me abochorna porque habla de flaqueza,
traición, vergüenza y cobardía.
Eso sí, ninguno de vuestros correos ha caído en saco roto.
Cada palabra de cada uno de vosotros, es mi pequeño tesoro que engarzo como un
collar de perlas. La única alhaja que ahora luzco. Perdonad si no respondo a los comentarios, el teclado aun es demasiado reto para una mente que el sufrir derrota.
Pero tras el drama, mi cariño está intacto y mi gratitud reluce
porque, quizás entre todos, queridísimos, me habéis salvado.
Que Dios, por caridad y misericordia, me perdone.
